Práctica legal disruptiva en la Era del Conocimiento


 

Nota: Artículo de prensa originalmente publicado en la columna Artes y oficios del diario Acento de la República Dominicana el día 9 de noviembre de 2019. Las fuentes no llevan citas por tal motivo. Tales investigaciones pertenecen a un ensayo en vías a ser publicado. Se comparte en este blog académico el artículo de prensa, en atención a sus reflexiones sobre la necesidad de transformar la enseñanza del Derecho de la Competencia y otras disciplinas jurídicas en la academia dominicana.

Esta columna[1] solía llamarse Actualidad regulatoria, continuadora del boletín de mi entonces firma en Santo Domingo. El newsletter circuló entre 2004 a 2015 con una pausa mientras estuve en el servicio público aduanero. El boletín se mudó conmigo de país y de medio; aparecía ocasionalmente Acento. Luego de una tirada multimedia en YouTube, Actualidad regulatoria, desde México, acepté una oferta laboral en este país[2] y volvió otro período de pausa.

En la primera etapa, cuando era un panfletito, fui solo su editora. Los verdaderos autores y articulistas fueron asociados y paralegales que pasaron por esa pequeña oficina. El abreviado magazine jurídico era un archivo .pdf que circulaba por correo sin tocar el timbre. El spam inconsulto entraba en el buzón de una lista de distribución los días 1ro. de cada mes. Bajo el alegato de que estábamos poniéndolos al día en las tendencias regulatorias, en verdad, el flyer noticioso, era una excusa para exponer nuestra visión del nuevo derecho.

Esta semana mientras participaba en la 23ava Conferencia de la Asociación Latinoamericana e Ibérica de Derecho y Economía (ALACDE), en la sede de la Universidad Panamericana, dedicado al tema de la innovación en la práctica jurídica, recordé a los estudiantes que recluté en el aula; entre otras funciones laborales, para que escribieran el AR y se hicieron correligionarios de mis ideas jurídicas. Procuraba en ellos un perfil singular. Ahora, aprendí de boca del mexicano Andrés Roemer, co-fundador de ALACDE y Embajador de buena voluntad de UNESCO para el cambio social y la libre circulación del conocimiento, como se ha de llamar a las personas con esa suerte de capacidades. En esta época en que nos ha tocado vivir, de radical transformación del conocimiento que provoca el más acelerado cambio tecnológico que ha vivido la humanidad es imprescindible reinventarse. Estos jóvenes con los que trabajé, tenían desde entonces, lo que los profesionales del derecho (y otras disciplinas) debemos procurar, ante el reto de la innovación: un oportuno y atrevido comportamiento disruptivo.

Curiosa la observación de Roemer, porque si bien los diccionarios consideran la innovación tecnológica disruptiva dícese de un cambio drástico, capaz de generar resultados positivos; cuando el adjetivo se asocia a la conducta humana, algunos diccionarios lo califican como un comportamiento negativo y provocador. Hasta los diccionarios necesitan actualizarse. Las lecciones que aprendí en el evento de ALACDE fueron que: (i) la innovación tecnológica esta modificando a gran velocidad, la dinámica de las relaciones humanas, siendo las ciencias jurídicas, estudios netos del comportamiento individual y colectivo, con el propósito de organizarlos en un orden democrático. Esa actitud que describe Roemer es la adecuada a esos efectos; (ii) el abogado tiene que salir del pensamiento encajado, explicó la española Teresa Rodríguez de las Heras Ballell, y aprender a observar las distintas disciplinas del derecho, desde nuevos ángulos, con apoyo en las nuevas herramientas tecnológicas y cognoscitivas; (iii) dejar ser tan afecto a la certeza y asumir riesgos, pues como describe el chileno Rafael Mery, nuevo presidente de ALACDE, la clase jurídica está viviendo un momento Kodak, empresa epítome de know how, que terminó en la quiebra; y, (iv) gracias a la magistral ponencia del mexicano Dirk Zavala, comprendí que la finalidad del Estado de Derecho, es una ecuación visible, calculable y alcanzable a la luz de la teoría de juegos.

Una de esas alumnas que llevé a la pequeña oficina en esos años pasados, fue Yeli Martínez Oller, la más notoria de la clase Derecho de la Competencia del grupo de verano del 2004. En el aula siendo todavía una bachiller, mostraba un don natural para el Law & Economics. Ya reclutada en mi diminuta oficina donde había que pedir permiso para ponerse de pie entre nuestros escritorios, descubrí su secreto profesional. Es hija de un contador y una administradora de empresas, los señores Leonardo Martínez y Doris Oller. La pusieron a trabajar en su consultora mientras estudiaba en la universidad, antes de pasar a trabajar conmigo. Yeli es de los pioneros en RD, con posgrado en Derecho de la Competencia. Hizo una maestría en Abogacía Internacional del Instituto Superior de Derecho y Economía junto a la Universitat de Barcelona con énfasis en Derecho de la Competencia dado por la práctica. La práctica la hizo en el Despacho Gómez-Acebo & Pombo, que es despacho español con oficinas en Bruselas. Yeli fue enviada a Bruselas por ese despacho. En esa experiencia laboral, llevó asuntos ante la Dirección General IV de Competencia de la Unión Europea.

Otro caso fue el de Taniel Agramonte Hidalgo, del grupo del verano de 2006. Al igual que la primera, el alumno que más se destacó en ese otro salón de clases, en la materia de Derecho de la Competencia que impartía. No dudé en llevarlo a mi oficina y hoy somos colaboradores profesionales a nivel socia-socio de negocios jurídicos. Al conocerlo mejor en la oficinita, entendí que sus tempranas ventajas competitivas provenían de una buena estructura hogareña. Taniel es hijo del Dr. Ramón Agramonte Alcéquiez, diputado al Congreso Nacional por La Romana ido a destiempo. Desde joven, desarrolló talento y sensibilidad, en asuntos de políticas públicas para el desarrollo. Al lado de un líder comunitario y litigante de fuste que fue su padre, la justicia distributiva y el análisis de riesgos, del Derecho Público Económico que hoy día litiga en tribunales, con el mismo fuste que su progenitor, le fueron connaturales.

No todos tienen la fortuna de crecer en un hogar donde padre/madre e hijo(a) compartan vocación profesional; ni puede la sociedad de hoy organizarse a través de los viejos colegios de artes y oficios, donde el maestro y el aprendiz llevaban un mismo apellido. Las universidades se modernizaron para romper la colusión de los gremios profesionales y de artistas, dueños con carácter exclusivo de la innovación y los negocios. Fue esa, una de las conquistas de la Constitución de Cádiz, al declarar la libertad de trabajo (término antiguo para empresa, bifurcado en la Revolución Industrial, para distinguirlo de la disciplina laboral). Otra prueba del origen constitucional del Derecho de la Competencia dominicano, que tomó de la tercera Ley Fundamental escrita del mundo, la Pepa, la dimensión activa del binomio libre empresa/competencia.

El problema que enfrenta la universidad hoy, es que el conocimiento se está produciendo fuera de ella y en ALACDE se debatió que es necesario que las facultades de derecho hagan todo esfuerzo por alcanzarlo. Estas ideas me recordaron cuando rebauticé esta columna con el nombre Artes y oficios, en una reverencia al enciclopedismo, que por igual, procuró democratizar el conocimiento. Evoca momentos que modificaron mis visión del aprendizaje y gozo colectivo.

Uno ocurrió hace años, cuando leía la biografía del Gregorio Luperón, de Hugo Tolentino Dipp. Me sorprendió el conocimiento enciclopédico-jurídico del general de la Guerra de Restauración (1863-1865). Luperón escribió con soltura sobre libertad de empresa, basado en las ideas de Montesquieu. Tuve una ocurrencia. Presumí que Francia, en gesto de generosidad universal, habría dado uploading al Diccionario Enciclopedia de las Ciencias, Artes y Oficios (1751) en el nuevo invento: el buscador Google. Coloqué las yemas de mis dedos sobre el teclado y por un momento imaginé al general Luperón en acto similar, esto es, pasando las yemas de los suyos, ya no para desvainar un sable, sino para recorrer los folios de la inmensa y original obra y continuar de esa manera pacífica la batalla. Cerré los ojos, crucé los dedos, mientras veía en mi mente a don Gregorio elegantemente ataviado en alguna gran biblioteca de París, pidiendo la misma obra que yo a Google, a alguna bibliotecaria parisina vestida como a la usanza de la época y tratando de olvidar los desmanes de su infame discípulo, el tirano Ulises Heureaux, que lo mantenía en ese exilio forzoso. Un par de nanosegundos después, ahí estaba ante mis ojos:

Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers Online.

Pegué un grito que habrán oído mis vecinos de esas pequeñas unidades comerciales. Vivo para estos momenticos. Todo un prodigio de la Revolución Digital, hojear esa obra sentada en mi diminuta oficina en Santo Domingo. La Enciclopedia digital tiene un buscador. Digité droit y empecé un emocionado scroll en ese capítulo. Para mi sorpresa, de la pluma del mismísimo Diderot, encontré algo maravilloso. Un segundo grito alertó a los vecinos. Desde la sabiduría compilada de siglos de estudio de Antiguo Derecho Francés, Derecho Canónico y el Derecho Romano el enciclopedista explica que el binomio empresa/competencia desde el análisis económico. Léase en el melodioso idioma francés en que fue pensado y escrito. Todo un poema:

«Concurrence, en fait de Commerce. Ce mot présente l’idée de plusieurs personnes qui aspirent à une préférence : ainsi lorsque divers particuliers s’occupent à vendre une même denrée, chacun s’efforce de la donner meilleure ou à plus bas prix, pour obtenir la préférence de l’acheteur. […] L’autre espece de concurrence intérieure est celle du travail entre les sujets : elle consiste à ce que chacun d’eux ait la faculté de s’occuper de la maniere qu’il croit la plus lucrative, ou qui lui plaît davantage. […] Elle est la base principale de la liberté du commerce.»

Otros hechos ocurridos a finales de 2017 motivaron el cambio de título de la columna: los sismos de México ese septiembre y la partida mi admirado autor y crítico de cine Armando Almánzar. Los eventos naturales movieron algo dentro de mí; la reacción de los lectores a las líneas que dediqué a una persona tan querida en nuestra tierra, me revelaron algo. Esto es, que pocas veces compartimos nuestra interpretación de la vida, en sus tragedias y bellezas. Desde entonces, esta columna se llama Artes y oficios, y guiña  trabajos y vidas de otros, sin encasillamientos, como recomienda Rodríguez de las Heras Ballell, asumir el conocimiento.

He participado en múltiples encuentros jurídicos. El de ALACDE fue el primero sobre la disciplina estudios conductuales sobre economía y derecho. La capacidad de asombro nunca me ha abandonado. El optimismo es una fuerza dominante en mis actividades profesionales y extracurriculares. Pero a decir verdad, los eventos con virtud de maravillarme en los últimos tiempos, provienen más del arte que procuro que del oficio que ejerzo.

El evento de ALACDE me sorprendió a grado espectacular. No había entendido que la disciplina en cuestión, era aplicable a tantos fenómenos que ocupan al derecho. Hubo ponencias magníficas, donde abogados de Latinoamérica expusieron  con la metódica de la disciplina, la solución a conflictos legales varios: de abuso de género, procesos electorales, educación, crímenes, modelos de responsabilidad, habilitación financiera a no bancarizados, soberanía de espacios digitales, crédito, junta de acreedores, lavado; y en mi caso, el interés público y social de la competencia leal.

El foro de ALACDE concluyó que, no solo el abogado, sino la academia jurídica debe tornarse disruptiva. Conversaba con el profesor argentino experto en cuantificación de daños Hugo Acciarri, sobre estos temas y su experiencia en el uso de las ciencias conductuales y tecnología de plataformas en la práctica profesional, cuando me sorprendió Hugo con una hermosa anécdota. Había una vez un sabio profesor dando clases a unos chiquillos de secundaria allá en su país. Uno le preguntó al maestro de letras, por qué un hombre tan sabio como él, ocupaba su tiempo dando gramática a muchachos de 13 y 14 años. El maestro le respondió al chico, explicándole que valía la pena. Pues quién sabe, quizás uno de ustedes, será mañana un gran autor de letras. El maestro de la historia que me hizo Hugo Acciarri en ALACDE, se llamaba Pedro Henríquez Ureña y el alumno, el físico, pintor y escritor Ernesto Sábato.

La tecnología de hoy es un medio fabuloso para acceder a la sabiduría humana y expandirla. Se hace preciso no obstante, aprender y enseñar de manera distinta. Como Pedro y Ernesto, enseñar/aprender a ser disruptivos.

[1] Se refiere a la columna Artes y oficios en el diario Acento de la República Dominicana.

[2] Se refiera a México.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s